Como si su identidad estuviera en manos de un status quo que se esfuma, como si la vida se restringiera al ámbito de lo conocido aunque fuese asfixiante, se sintió al borde del precipicio.

A pesar de la hostilidad que había reinado en su entorno en los últimos tiempos, tenía miedo de que no se abriera ninguna otra posibilidad y sin embargo, ya había pasado por un vértigo similar en otra ocasión remota en la emoción y cercana en la cronología.

Pensó que no sería capaz de generar otro estilo de vida que no fuera el conocido y a pesar de saber que el mundo se abre a posibilidades ni siquiera imaginables, tenía miedo real a encontrar en su interior lo que a lo mejor había buscado siempre, una vida libre, con pocas ataduras y pocos compromisos. Le había parecido que aquello era contradictorio con un tipo de vida burguesa en la que se esperaba que se manejara y en la que podía satisfacer sus anhelos de clase media, tan estable y tan poco amiga de cambios.

En realidad, sólo se había permitido una veleidad libertaria una vez en su vida, traspasando los límites de aquello que se esperaba y le salió torcido.

Aquello marcó una vida hasta que su cuerpo dijo basta. “El cuerpo sabe más que nadie”, solía decirle él, con su cara cómplice. “Pero, no vas a perder tu tiempo en eso, no? ” “Tiene que haber otras cosas” le había repetido y no se atrevió.

Ahora piensa en esas palabras sabias y a pesar del miedo a lo desconocido , no se va a paralizar, ni a abandonarse al destino. Se dejará llevar por los acontecimientos, atenta, esperando tomar decisiones y desde luego, aceptando sus contradicciones más íntimas.
Observaba su incoherencia como si lo hiciese desde un mirador, desde arriba y había que resolverlo tarde o temprano. ¿Podía dilatarlo más en el tiempo? Definitivamente, no. La realidad se imponía de manera obstinada y seguro que había una razón detrás. “El universo está conectado” decía ella, “nada pasa porque si”, decía la otra, “seguro que hay algo mejor”, la otra. Lo sabía de  carretilla, como los niños aprendían las tablas de multiplicar. Además, asomarse a su incoherencia había tenido lugar en el momento oportuno, no lo podía tener más fácil.

Y se decidió por ponerse a salvo del precipicio y comprender, por fin, la incongruencia. Qué relajo, qué diferencia de vida, cómo le gustaba sentirse libre de manifestar sus gustos, de mirarse por dentro y encontrar respuestas.

Agarró pocos bártulos y echó a andar.

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