Hace mucho tiempo, en la Ciudad Eterna, estaba sentada en el suelo, tomándome una coca-cola y fumándome un cigarro. Como casi todas las jóvenes de mi generación, fumar nos hacía mucho mas interesantes y sentadas en el suelo, teníamos un aspecto muy cool. Resultó que estábamos sentadas a medio metro de la Columna de Trajano, sin habernos dado cuenta antes, por supuesto. Cuando me percaté de que estaba allí delante, algo me pasó que me emocionó profundamente. Y no es que no hubiera viajado antes y visitado monumentos muy relevantes, fue algo más espiritual. Creo que el asombro que me produjo no se parecía a nada que hubiera sentido antes, muy distinto y relacionado con la admiración al tiempo que una cierta fascinación elevada, al contemplar un objeto que había estado ahí desde tan antiguo, testigo de infinidad de eventos, eventos enormes pero también pequeñitos y cotidianos, como el que yo estaba protagonizando. Pensé que alguna chica romana 2000 años antes también podía haber estado como yo, sentada allí como una pánfila, delante de esa columna tan majestuosa.

Por lo visto, esa sensación que tuve es esencial para la felicidad del individuo, según afirman D. Keltner y J. Haidt en su estudio “Approaching awe, a moral, spiritual and aesthetic emotion”.

Suele tener lugar en las experiencias de tipo religioso (Dalai Lama, la Madre Teresa), político (Nelson Mandela, Martín Luther King) naturales (el salar de Uyuni, el cañón del Colorado) o artísticas (la Gioconda, el David). En mi caso, he sentido este tipo de asombro profundo en aquella ocasión y probablemente, ante la naturaleza, me he llegado a sentir muy impactada pero no me ha ocurrido esa especie de vivencia interior que conecta y transporta a algo más íntimo. Se trata de una emoción enorme que no se puede dominar y que hay que acomodar en la mente.
Esta sensación de deslumbramiento, de quedarte pasmado o sorprendido ante las cosas me resulta de lo mas saludable para la experiencia y aunque por desgracia, no es cotidiano sentirlo de forma tan intensa, si se suele vivir de manera atenuada a la vista de objetos, noticias o imágenes que provocan un gran impacto en nosotros.

Observo que se tiende a verbalizar cuando se es joven. No se si tiene que ver con el pudor de hablar sobre las emociones o por qué, pero a partir de una cierta edad parece que uno opta por esconder este tipo de sentimientos, probablemente porque como adultos, no nos gusta dar muestras de inocencia.

Desde mi punto de vista, expresar estos estados anímicos de extrañeza o admiración o incluso de falta de comprensión, equivalen a mantenerse joven y hasta cierto punto, inocente. No hay nada más cansino que aquella persona que a una edad madura ya sabe todo, ha visto todo y no se deja sorprender por nada. Ese “qué me vas a contar a mi que no sepa” es fácilmente rebatible. Claro que hay muchas cosas que pueden dejarte sin habla para bien y para mal. A mi me dejó atónita un padre que asesinó a sus hijos o la noticia del tsunami del Pacífico en 2006 o la del otro en Japón. ¡Cómo vas a haberlo visto todo!. Una conversación en la que una parte siempre ha visto, sentido, pensado lo que se le pone delante suele ser una conversación en círculos que no enseña nada, aporta poco y cansa mucho.

Los tratamientos anti-aging se centran en la epidermis nada más y este es un tratamiento directo al alma que es la que se mantiene joven de verdad. El cascarón se puede nutrir, masajear y mimar pero ¡ay, ay, ay!, el interior se nutre de información, de emociones, de caricias y de sentimientos. Este si que es el mejor tratamiento “Pro-aging” para mantener joven la curiosidad y la inocencia, para sumar años sorprendentes.