Esta mañana no la he visto cuando he salido temprano a buscar la foto del túnel. Normalmente cruzo el semáforo y lo atravieso, uno que podría ser horrible y siniestro, urbanita y peligroso, sin embargo, a éste me asomo confiada, veo el mar al fondo y el ambiente se colma de alegría al escucharla. Hoy no estaba, no recuerdo verla en invierno, pero en primavera allí está, delicada y concentrada, tocando el violín para agrado de los que cruzamos por allí.
Suelo pensar de dónde será, donde vivirá y por qué siempre la veo en el mismo lugar, si toca en otros puntos de la calle y por qué lo hace.
Lejos de entrar en sí es buena, si su arco es así o asá, si es más o menos certera, a mí su timbre me toca el timbre del sol, de la arena y me acompaña casi a diario. Le dejo unas monedas aunque le dejaría billetes. Sin embargo, ella no pide, ella te regala sus notas y buenamente, se le ofrece lo que uno dispone. Su presencia en el túnel se agradece infinito y se la saluda y agradece.

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